Alejandro de Macedonia en el Talmud

19/Ago/2013

Gentileza para CCIU de la Esc. Esther Mostovich de Cukierman

Alejandro de Macedonia en el Talmud

¿Qué es el Talmud? La palabra significa “estudio”. Físicamente, el Talmud es una colección de libros, 63 Tratados, para ser exactos. La primera parte del Talmud se llama Mishná, se redactó por los rabíes en idioma hebreo en Judea, en el siglo III e.c. La 2ª. Parte del Talmud se llama Guemará y amplía de uno en uno, algo así como la mitad de los Tratados anteriores de la Mishná. La primer Guemará se recopiló en Tiberíades y Galilea en idioma hebreo, en el siglo IV E.C., esta Guemará comenta 39 Tratados de la Mishná. Ese conjunto de Mishná y Guemará se llama Talmud de Jerusalem. En el siglo VI E.C. en Babilonia se redactó una segunda Guemará, en idioma arameo, que a pesar de comentar sólo 36 Tratados de la Mishná, es mucho más amplia que la anterior. El conjunto de la Mishná con esta Guemará escrita en Babilonia, se llama Talmud de Babilonia. A este nos referimos cuando decimos simplemente “Talmud”.
Ciertamente, el Talmud tiene su perspectiva dentro de la Fe. Pero además de dejar escritas las leyes del culto en todos los tiempos y las leyes del Templo de Jerusalem para estar prontos el día que se reconstruya el Templo, dentro del Talmud, los rabíes redactan por escrito la jurisprudencia hebrea en materias civiles, comerciales, penales, administrativas, laborales y las normas éticas para todas las actividades de la vida diaria. Lo que siempre me ha fascinado es que la gran mayoría de esos valores legales y morales del Talmud, ingresaron a las legislaciones del mundo europeo occidental. El Talmud fue quemado en el Norte de África, en Francia, Italia, España, en las épocas de intolerancia e inquisición. La gran paradoja es que el Talmud influyó en las Constituciones y disposiciones legales de los mismos países que lo hicieron quemar. Estudiando el Talmud, vemos fuentes del Derecho de los países del mundo occidental, nuestro propio Derecho.
Abrir un tomo de Talmud, es encontrarnos con la Halajá, la Ley Oral de Israel, la interpretación de la Torá, que según la tradición fue enseñada a Moisés por el Señor verbalmente en el Monte Sinaí, en un episodio que podemos situar aproximadamente en el siglo XIII A.D.C. También es encontrarnos con la Hagadá, cuentos, ejemplos reales o imaginarios, elaborados para enseñar la Torá, originados también, a partir de los tiempos de Moisés. Además el Talmud es una ventana abierta al mundo que lo redacta, sus ciencias, sus costumbres y su gente.
Esto que sigue es sólo una pequeña muestra.
Entre los años 333 y 334 A.E.C, Alejandro de Macedonia entra en Judea y con él llega la cultura griega, tremendamente atrayente. Los griegos trajeron las artes, los deportes, las matemáticas, literatura, el teatro, la filosofía. Los hebreos empezaron a hablar griego y poner nombres griegos a sus hijos. La asimilación a la cultura griega estuvo a punto de terminar con el pueblo hebreo, mucho más que las armas de sus soldados.
Para la historia conocida, Alejandro de Macedonia es el rey filósofo, a quien su padre hizo educar por Aristóteles, el general victorioso que supo hacerse adorar por sus soldados y extender las fronteras de Grecia desde Europa al corazón del Asia. Los rabíes del Talmud elaboran en midrashim (interpretaciones), un punto de vista sobre Alejandro, que la historia griega desconoce. Testigos de su tiempo, sin proponérselo, los rabíes nos enseñan la Historia escrita por el pueblo vencido. Otra cara de la Historia.
El Talmud (1) cuenta que cuando el ejército de Alejandro se acerca a Jerusalem, el Gran Sacerdote de los hebreos, Rabí Simeón a Zadok, (el Justo), sale  a las puertas del Templo , ataviado con sus vestiduras sacerdotales, blancas y doradas. Al verlo, Alejandro hace algo que no hizo ante reyes  poderosos: se baja de su caballo y se inclina con respeto ante el anciano, cuya sola presencia impone respeto. Rabí Simeón lo conduce a visitar el Templo, a Alejandro le gusta y dice que quiere una estatua suya junto al altar. El anciano contesta que en la religión hebrea tal cosa no es posible, porque no se pueden adorar imágenes humanas. Pero promete a Alejandro inmortalizar su memoria mucho más que con una estatua: a todos los niños que nacieran en ese año se les llamaría Alejandro y el mismo nombre llevarían sus descendientes después de morir ellos. Al griego le gusta la idea y no daña a Jerusalem ni al Templo. La anécdota puede ser cierta; desde el siglo III A.E.C y hasta hoy, Alejandro ha sido un nombre popular entre los judíos.
La historia griega dice que Alejandro enseñó y buscó enseñanzas en los pueblos que conquistó. El Talmud (2) constata lo mismo. Imagina conversaciones del general griego con los rabíes. Esas conversaciones, tal vez reales o quizás imaginarias, enfrentan las concepciones de vida griegas y hebreas. Así las leemos:
Pregunta el Rey: ¿Quién es fuerte y poderoso?
Para Alejandro, él mismo, el rey guerrero y conquistador, representa lo que son fuerza y poder. Pero los rabíes dicen:
-“Es fuerte el que domina sus instintos”. Son puntos de vista diferentes. La fuerza física, poco importa a los rabíes. Un caballo tiene más fuerza física que un ser humano. ¿Por qué el ser humano es superior al caballo? Porque la fuerza que importa es la del carácter.
-¿Qué es lo más dulce del mundo? Preguntan los rabíes.
Alejandro piensa en pasteles de miel y frutas maduras. ¿Qué dicen los rabíes?
-“Lo más dulce del mundo es el beso de una madre”.
-¿Qué tiene que hacer un hombre para vivir?
¿Cuál podría ser la respuesta griega? Comer bien, dormir, disfrutar, ganar las guerras, dominar territorios.
-“Mortificarse a sí mismo”, dicen los rabíes. Esa ha sido la vida judía muchos siglos.
-¿Qué debería hacer un hombre para matarse?
Alejandro piensa en las guerras y la gloria de las armas. Lo que dicen los rabíes es muy diferente,
-“Simplemente, vivir “. La vida tiene su ciclo.
-¿Qué tiene que hacer un hombre para ser popular?
-“Odiar el mando y la autoridad”, dicen los rabíes. Está a la vista lo que el pueblo hebreo piensa de la dominación griega.
En este momento Alejandro decide que ya escuchó demasiado y replica:
-Yo tengo una contestación mucho mejor que la de ustedes. Para ser popular, que el hombre tenga mando y autoridad y le confiera favores a su gente y a la humanidad.
Para Alejandro, dominar otros pueblos es extender la cultura griega en sus tierras conquistadas y eso es hacerles un favor a esos pueblos. Es el mismo pensamiento que han tenido otros imperios.
El midrash rabínico imagina que Alejandro el Grande en uno de sus viajes, encuentra un torrente de agua de tan buen aroma que piensa “este arroyo viene desde el Paraíso”. Sigue el cauce hasta que llega a la entrada del mismo Jardín del Edén. Y allí, con prepotencia, exige que le abran las puertas y lo dejen entrar. ¿Quién está adentro del Paraíso terrenal? Por supuesto, el midrash supone que allí están los rabíes. Ellos le niegan a Alejandro la entrada al Paraíso, diciéndole las palabras del Salmo (3) “Esta es la puerta del Señor, sólo los justos pueden entrar”.
Los rabíes ven a Alejandro arrollando con su fuerza a todos los pueblos, queriendo adueñarse de toda la tierra y los cielos, y tienen que aceptarlo, pero declaran que hay límites que los griegos no pueden sobrepasar. Los griegos podrán tener la tierra, pero no el Paraíso terrenal.
-Yo también soy un Señor, contesta Alejandro en el midrash. Quiero que me den una prenda del Jardín.
Los rabíes le entregan un cráneo humano, una calavera. Alejandro se lo lleva y llegado a su tienda de campaña, pesa el cráneo en un platillo de su balanza. Coloca oro en el otro platillo hasta igualar ambos platillos y cada vez, el cráneo sobrepasa la medida. Luego coloca en el platillo
“todo su oro y toda su plata”, según dice el Talmud, y otra vez, el cráneo pesa más que todo. Alejandro llama a los rabíes hebreos para que le expliquen el enigma.
-Tapa los cuencos de los ojos con tierra y vuelve a pesarlo, contestan los rabíes. Y de esa forma, el cráneo pesa sólo su peso real.
En el Talmud (4). El ojo humano no se sacia de querer más y más hasta que está bajo tierra, enseñan los rabíes al comentar ese extraño relato. Cuando la ambición empieza, no puede detenerse. En esa carrera que se ha propuesto Alejandro, no hay límites. Sólo la muerte lo va a detener.
Hay midrashim que imaginan a Alejandro viajando a través de las montañas hasta llegar a Cartago, un reino que se decía ubicado “en el Africa”, sin pensar mucho en la geografía. Algo así como “un reino en el fin del mundo”. Alejandro llega al fin del mundo y lo curioso de ese reino es que ¡las mujeres están al mando! Alejandro quiere hacerles la guerra. Las mujeres le dicen:
– Piénsalo bien: Si nos vences, dirán de ti “Mató a unas mujeres”. Si te vencemos, dirán “Qué general es ese. Unas mujeres lo vencieron”. Frente al argumento, Alejandro decide seguir de largo sin darles batalla. Entonces ellas le preparan un banquete. El rey pide que le traigan pan y frutas y le traen pan de oro y frutas de oro.
-¿En este reino la gente come oro?, pregunta Alejandro.
– “Si lo que querías era pan y fruta, ¿no lo tenías en tu propia tierra?”, le preguntan. “¿Para qué, entonces, te tomaste el trabajo de llegar hasta aquí? “
De manera encubierta, los rabíes están formulando esa pregunta al conquistador griego: ¿Para qué se desviven por conquistar tierras hasta el fin del mundo? ¿Para qué quiere Alejandro el Templo de Jerusalem?
En el midrash, el relato termina con Alejandro escribiendo en las puertas de la ciudad de las mujeres: “Yo, Alejandro de Macedonia, era un tonto hasta que llegué a Cartago y aprendí de unas mujeres”. Los rabíes no pueden luchar contra Alejandro y sus ejércitos, pero les queda la posibilidad de usar el humor como arma.
1Tratado Yoma (el día del Perdón) folio 69ª.
2Tratado Tamid, (sobre purezas e impurezas) folios 31b a 32b.
3 Salmos, 118:20
4Tratado Talmud, (purezas e impurezas) folios 31b a 32b.